martes, 16 de octubre de 2012
UNA SOLA VEZ EN LA VIDA
Eran noches de alegrías con tristezas revueltas. Mi primer novio se había ido sin dejar rastro, cuatro años habían quedado cabeza abajo y me encontraba tan libre como solo yo podía estarlo. Hacía calor, era el clima perfecto y mis vacaciones habían tenido la mezcla perfecta de besos, alcohol, marihuana, lágrimas y risas. Esa noche habíamos quedado en la casa de mi amiga, la idea era fumar y tomar algo, dejar que todo pasara entre juegos y risitas.
Entre los invitados se encontraba alguien cercano, con el cual había sostenido una relación algo caótica. Después de que los juegos pasaron y todos estaban en la mitad de las risitas, me empecé a sentir algo mareada. Claramente me encontraba prendida y con una libertad abrumadora, lo que hice fue tomarle la mano y llevarlo suavemente a la habitación de mi amiga. Hicimos el amor solo una vez, pero esa única vez me basto para enterarme que no hay nada mejor que hacerlo acompañada de gatas. Sí, el tiempo que duró estuvimos acompañados por dos gatas que le imprimían locura y misterio a la ocasión. Miraban con poca importancia y eso hacía que nos dejáramos llevar una y otra vez más. A veces olfateaban, y eso me hacía ver mi lujuria como una nube densa y rosada que llenaba el lugar.
Desde ese día no puedo dejar de preguntarme como las personas lo pueden hacer sin al menos una gata cerca, en especial las mujeres. Creo que si lo intentaran una vez, se darían cuenta de que es el remedio perfecto para el mal genio, la odiosidad y fastidio que manejamos por nuestra naturaleza pues cuando hay gatas cerca el cuerpo queda impregnado de diosas perfectas que nos convierten en delicia, en fresas con chocolate y puedo decir, sin duda alguna que, casi casi se es inmortal a través de los ojos de esos animales. El fetiche queda como un tatuaje en el vientre.
Días más tarde conversando con mi amiga, la dueña de la casa y de las gatas, me enteré que ella había perdido la cuenta de las veces en que su lujuria se había convertido en una nube densa y rosada que llenaba el lugar… la envidié a muerte. Aunque en realidad no sé si todo se debió a Sakura y Sabrina (las gatas), lo que puedo decir es que todas las mujeres lo tienen que intentar al menos una vez en la vida, y la luz debe de estar encendida.
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